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viernes, 14 de febrero de 2014

RELATO DE SAN VALENTÍN

Porque en un día como hoy, las historias de amor cobran quizá la importancia que se merecen, porque no todas esas historias tienen un final feliz, y porque los recuerdos a veces exigen este tipo de cosas, aquí va mi pequeña aportación.
En recuerdo de Gaspar Quintanilla y de toda su familia. Siempre he estado, y estaré, con vosotros.

DESPUÉS DE TI

            Aquellas imágenes quedarían grabadas para siempre en su retina, como si fueran exóticas mariposas clavadas en el corcho de un coleccionista. O ingredientes diabólicos de un veneno.
            El veneno de la muerte, dulce cuando es esperado y, al fin llega.
            María se tapó los oídos con las manos para no escuchar el ajetreo que se había apoderado de la habitación de su marido Gaspar. Los gritos de las enfermeras elevándose como una enorme Torre de Babel que nadie comprendía. Los ruidos metálicos de los aparatos que conectaban y desconectaban alrededor de la cama, tomando el cuerpo hinchado que había sobre ella como una nueva cobaya en el desconocido territorio del cáncer.
            Tuvo ganas de chillar. De ordenarles que se fueran. Todos, incluidos los médicos. Quiso decirles que ya estaba bien, que el aspecto deforme de su marido era producto de los fármacos aplicados para alargar su sufrimiento.
            Solo para eso.
            Necesitaba paz. Los dos la necesitaban. Demasiado tiempo sufriendo una agonía para la que ninguno estaba preparado. Ni ellos ni sus cinco hijos, ya mayores, que intentaban consolarla con sus palabras y sus abrazos.
            Pero ella estaba muy lejos de todos ellos. Muchos años atrás, evocando el rostro apuesto de Gaspar para sustituirlo por el abotagado que resollaba con dificultad sobre la almohada inmaculada. Los ojos claros llenos de alegre picardía que la habían conquistado, cuando brillaban por la fuerza de la vida y no por el velo de la muerte que ahora dilataba sus pupilas. El cabello negro brillante y la piel lustrosa, antes de que los tratamientos agresivos acabaran con ambas cosas. La sonrisa abierta de dientes blancos antes de que estos se volvieran amarillentos por la esclavitud del tabaco que les había llevado a la perdición.
            Oyó un grito desgarrador. Incluso escuchó un sonido estrepitoso, como de cristales al romperse. No estaba segura, pero hubiera jurado que lo primero había salido de su boca, y que lo segundo eran los pedazos de corazón que saltaban en pedazos y se incrustaban en su pecho, desgarrándolo y haciendo que sangrara…
            No pudo más. Necesitaba aire. Huyó de allí, y mientras la parte racional de su mente permanecía con Gaspar, junto al cabecero de la cama, la emocional la acompañó hasta una de las terrazas del hospital.
            Era noviembre, y hacía frío. Un aire gélido que ella recibió con fuertes bocanadas, como si la bolsa que había taponado su cabeza, estrangulándola sin compasión, le diera por fin un respiro.
            Se agarró a la barandilla y alzó la cara, en busca de respuestas. Creyendo que Dios, si estaba allá arriba, se las daría. Buscando la esperanza y las fuerzas como un sediento en pleno desierto. Ni siquiera supo cómo, pero de pronto se encontró con un pitillo en sus labios, probablemente sacado del bolsillo del abrigo que Susana, su hija mayor, le había puesto sobre los hombros.
            Lo encendió. Solo para comprobar a qué sabía aquello por lo que el amor de su vida iba a entregar su vida. Qué tenía de especial para que alguien tan voluntarioso como Gaspar, hubiera sido incapaz de abandonarlo, ni siquiera en los últimos momentos.
            El humo en sus pulmones la ahogó, e inmediatamente lo arrojó por la barandilla.
            —Has hecho muy bien. Hubiera sido muy poco inteligente por tu parte engancharte a ciertos vicios a estas alturas de tu vida.
            María apenas se sobresaltó al escuchar aquella voz cavernosa a su lado. Solo se volvió muy lentamente, para ver a quién pertenecía.
            No lo consiguió del todo. El hombre delgado la miraba, pero un elegante sombrero oscuro tapaba buena parte de sus rasgos faciales. Sin embargo, ella alcanzó a ver dos cuencas oscuras por ojos, unos pómulos tan marcados como fantasmagóricos, y una fina línea donde deberían estar los labios.
            Casi pudo adivinar el color de su piel. Macilento, grisáceo, acompañando a la perfección a su aspecto cadavérico y al tono lejano, de ultratumba, de la voz que la había hablado.
            —¿Me conoce?
            La oscura cabeza se movió afirmativamente.
            —¿Tú a mí no?
            María recorrió con los ojos el resto de su cuerpo, cubierto por un amplio abrigo negro que solo dejaba a la vista unas manos de dedos traslúcidos que asían la barandilla con la misma fuerza que los suyos.
            —Supongo que será el familiar de algún enfermo —conjeturó encogiéndose de hombros—. Lo siento. Llevo demasiado tiempo aquí como para fijarme en todas las caras.
            —Lo sé. Sé de tu sufrimiento, y de tu desdicha, y también de tu lucha incansable. Todos están orgullosos de ti. Gaspar el primero.
            Había algo en él que le resultaba familiar. Y que le hacía temblar. Tal vez era aquel tono quedo con el que se dirigía a ella, o la respiración acompasada que lo acompañaba, como si le costara trabajo realizarla. Parecía enfermo, triste, pero aún así, supo que la apoyaba en su desgracia. Su silencio se lo decía.
            —Es tu marido, ¿verdad?
            —Sí. Cáncer de pulmón.
            Cuando pronunció aquellas palabras, todas las barreras se deshicieron. Sin quitar la vista de aquel rostro oscuro e indescifrable, María comenzó a llorar su pena, su desesperanza. Su afán de lucha que durante más de dos años la había mantenido a flote, tirado por la borda ante la implacable tenacidad de la muerte.
            —Por favor, no llores. Me parte el corazón verte así.
            Como un buen amigo que la conocía de toda la vida. O como el amante comprensivo que ahora agonizaba en una habitación de hospital.
            —Él está allí. —Su dedo tembloroso señaló el lugar más temido y, a la vez, más deseado—. ¡Se está muriendo! ¡Mi único amor me dejará sola!
            —No, eso no. Gaspar nunca te abandonará. Desde donde esté, siempre velará por vosotros.
            —¡Egoísta, egoísta! ¡Pudo haberse curado si hubiera dejado el maldito tabaco, pero no quiso hacernos caso! ¡No le importaron los años de felicidad, ni mi amor, ni los recuerdos acumulados, ni nuestra vida! ¡No le importó nada!
            —Eso no es verdad. Ahora mismo, su único pensamiento eres tú.
            Pero María se negaba a aferrarse a aquella posibilidad surrealista. Demasiadas veces lo había hecho, para acabar estrellándose, y ahora había llegado al límite. Gritó. Chilló y se deshizo en pavorosos lamentos, tan fuertes que la obligaron a doblarse en dos para intentar calmar el dolor, para intentar retener los recuerdos.
            Para darle hasta su último soplo de lucha, algo que pudiera obrar el milagro y se lo devolviera dos años atrás, cuando la enfermedad aún no había causado estragos en su cuerpo y en sus vidas.
            Desahogó meses de rígida compostura delante de sus hijos y familiares, destrozó todas las sonrisas de plastón que les había ofrecido, y se dejó envolver por los brazos del desconocido como si fueran un lago inmenso de consuelo donde podría perderse para siempre.
            Donde los sueños siempre serían posibles.
            —Así, muy bien, Mari —le susurró con la voz afectada por la emoción—. Llora aquí, porque en cuanto entres de nuevo, tus hijos te necesitarán.
            ¡Cómo curaban aquellas palabras! ¡Aquel apelativo cariñoso que solo Gaspar usaba con ella! ¡Y cómo reconfortaba el tacto balsámico de aquellas manos huesudas que ahora le frotaban los brazos y la espalda! ¿Qué importaba quién fuera aquel hombre que parecía conocer tanto de ella y de Gaspar?
            María alzó los ojos. Estaban tan empañados en lágrimas que no pudo distinguir ningún otro rasgo de la cara del desconocido, pese a hallarse a un suspiro de su boca.
            Nunca sabría qué la impulsó a hacerlo. Si fue la presión del momento, el destrozo interior que había vencido su entereza, o simplemente la necesidad de sentirse querida y comprendida. Lo cierto fue que le besó. Cerró los ojos y juntó su boca con la de él. Movió sus labios complacida de que el hombre respondiera al beso, alentada por el calor que manaba de él y que no tardó en compartir, pero se sintió completamente desolada cuando la apartó del refugio de su boca y del calor desmesurado de su cuerpo.
            —Él te espera —dijo.
            Pero María sacudió la cabeza con desesperación.
            —Él ya no espera nada —replicó entre nuevos sollozos—. Se muere.
            —Por eso te espera. Debes estar con él. Tomarle de la mano para que note tu presencia. Acariciarle los dedos hinchados para que no se sienta solo. Brindarle la mejor de las despedidas.
            —Pero yo no puedo más. ¡Es demasiado!
            El desconocido acarició su mejilla, librándola de las lágrimas que la empapaban.
            —A él nunca le ha gustado verte así, ¿verdad? —Completamente atónita, María asintió—. A él le gusta que sonrías, que le llames «Curro», como todos soléis hacerlo, e incluso que le grites cuando algo no está según tu gusto. Esa es la imagen que él se llevará de ti.
            El tibio acogimiento que le había protegido el corazón desapareció de pronto, para ser sustituido por un frío glacial que le congeló las entrañas. Sus instintos se dispararon. Algo la impulsó a separarse de él horrorizada, seguramente lo mismo que momentos antes le había obligado a recibir sus palabras de consuelo.
            —¿Quién… quién eres?
            —Eso no tiene importancia ahora —respondió él, haciendo un gesto de cabeza hacia el interior—. Pero ve, mujer. Tu marido está a punto de marcharse.
            La mano que aún permanecía en su mejilla se tornó dura, inanimada. María observó la entrada como si fuera la cueva oscura de un lobo. Supo sin lugar a dudas a lo que el desconocido se refería, pero ahora ya no temblaba. Permanecía serena, casi aliviada. La pena no la destrozaría, sino que le daría el valor necesario para encararse con la muerte.
            Y todo gracias a él.
            Quiso agradecérselo antes de marcharse, pero cuando se giró en su dirección, el hombre ya no estaba.
            En su lugar, solo un inmenso vacío y una inapreciable neblina que comenzaba a confundirse con el frío de la tarde. Un ansia feroz la reconcomió por dentro. El deseo perenne de seguir unida a Gaspar mientras los lazos de la vida aún se lo permitieran.
            Corrió con desesperación, con agonía. Llegó a la habitación y abrió la puerta de golpe, pero pareció haber llegado demasiado tarde. El cuerpo deformado de Gaspar estaba, al fin, libre de cables y medicaciones inútiles. La cama estaba rodeada por sus hijos, pero ella no percibió su pena, ni sus llantos desgarradores. Solo pudo contemplar la enorme expresión de paz que endulzaba las facciones de su cara.
            Al fin descansaba.

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La mecedora sigue su traqueteo, su vaivén chirriante que siempre me lleva a otros lugares, allá donde el dolor no puede alcanzarme y puedo seguir viviendo mi vida de cuento, junto a mi príncipe azul.        
            Pero hoy me siento especialmente cansada. Muy nostálgica. No hay nada que me sirva de sosiego. Ni la espectacular visión de prados verdes que la ventana me ofrece mientras me balanceo, ni el sueño al que apelo sin que se digne a venir, ni tampoco el viejo álbum de fotos que está a punto de caer de mis rodillas.
            Lo sujeto con las manos y detengo la mecedora. Quizá si vuelvo a contemplar aquel tesoro, consiga que todo vuelva a estar en su sitio.
            Lo abro con cuidado, casi con miedo. Aquellos recuerdos ajados y amarillentos pueden ser muchas cosas a un tiempo, y nunca sé por dónde van a empezar: si por convertirse en una Caja de Pandora que desate truenos y relámpagos, o por ser la espada del caballero de brillante armadura que me libre de mis propios dragones.
            Esta vez, parece ser tan solo un ejemplo de los años que encanecen mis cabellos, arrugan mi piel y curvan mi esqueleto. A mi edad, y todavía creyendo en cuentos de hadas.
            Me digo que no puede ser de otra manera cuando comienzo a admirar el porte del caballero que me sonríe en las fotos. Los ojos claros que me acarician, la vida que atraviesa el papel y se mete entre mi piel hasta alcanzar mi alma.
            Sí, mi alma. Yo aún tengo de eso. Y todo a pesar del tiempo que nada cura, de los avatares de la vida dura e inclemente que me tocó vivir después de Gaspar. De los problemas que tuve que afrontar sola, sin su vehemencia ni su autoridad.
            Nunca viví completa, pero en aquel rincón de la casa, mi «caja especial de los recuerdos», aprendí a reencontrarme con él. Si cerraba los ojos, como en aquel momento, su presencia se hacía tan real como la mía. Podía olerlo, sentirlo e incluso oírlo. Podía viajar con él fuera de las trabas de la realidad, donde no había desdicha que pudiera alcanzarnos.
            Y volvíamos a ser jóvenes, y fuertes, y vitales. Llenos de planes que, en otra vida paralela, llevábamos a cabo por completo, sin que la muerte prematura los truncara.
            Como ahora mismo.
            Siento una pequeña ráfaga de viento fresco que mueve mis cabellos grises y me enfría la nuca. Como la caricia de un beso o el fragor de un espíritu. Incluso la temperatura de la habitación parece descender con brusquedad.
            Pero yo no tengo frío. Me siento bien, arropada, como el día de su muerte, antes de arrodillarme junto a su cama y acariciarle la mano. Antes de susurrarle al oído cuánto lo amaba. Antes de rogarle que me esperara, que deseaba irme con él.
            —Hola, Mari. Aquí estoy, como me pediste.
            Su voz calmada y envolvente me hace sonreír. Estoy segura de que es uno más de mis sueños y no quiero abrir los ojos, pero cuando me decido a hacerlo, veo al hombre del abrigo negro inclinándose frente a mí, con su sombrero elegante que, esta vez, no tapa sus rasgos.
            Y lo que veo es para mí el mayor de los regalos.
            Donde antes había cuencas oscuras, ahora hay un par de chispeantes ojos claros. Su piel ya no tiene aquel mortecino tono grisáceo, sino que ha recuperado un color más que saludable, y la boca ha vuelto a recuperar la sensualidad de los labios que yo tanto ansié.
            Ahora sonríe. Es él. Es Gaspar.
            Y empiezo a comprender. Tal vez siempre fue él. Las manos invisibles que limpiaban años de lágrimas, el cuerpo fuerte que abrigaba mis largas noches de dolor y el aliento cálido que me impulsaba a crecerme ante las adversidades.
            —Hola, mi amor —murmuro, alargando una mano hacia él.
            —Me reconociste. ¿No estás asustada?
            —Soy demasiado vieja para que me asuste la muerte —replico, agitando la mano para que él la tome entre las suyas.
            Siempre me gustaron sus dedos. Largos y elegantes, de pianista, pese a que trabajó como cocinero en un restaurante hasta que llegó el cáncer.
            —He tardado un poco en acudir a tu llamada.
            —Años —aclaro—. Pero no importa. Creo que ahora es el momento. Nuestros hijos siguen con su vida y yo ya no soy necesaria. Adelante, Curro. Llévame contigo.
            Él sonríe de nuevo y me toma de las manos para levantarme. Mis ojos conectan con su mirada, mientras dejo de sentir el suelo bajo mis pies. Me siento liviana, como si toda la materia de mi cuerpo se desintegrara en millones de partículas invisibles que se funden con él, con su esencia y su espíritu.
            Cierro los ojos dejándome llevar. Traspaso los muros de la casa siempre con él. Incluso siento el viento frío del exterior como si estuviera desnuda, pero cuando al fin logro posar mi mirada en otro punto, solo veo la imagen de una pobre vieja dormida sobre su mecedora.
            Feliz.
            

viernes, 15 de noviembre de 2013

EN LA TORMENTA

Hola a tod@s!!
Tengo el blog un poquito abandonado, y este espacio todavía más. Y es que soy novata en las dos cosas, aunque en esto de los microrrelatos me supero, jajaja!!
Bueno, aquí os va uno de mis delirios, como me gusta llamarlos, a ver qué os parece.
Por cierto, TODO, ABSOLUTAMENTE TODO lo que aparece escrito en este blog de mi puño y letra, está debidamente registrado. (Es que se me había olvidado hacerlo notar con anterioridad. Como mi "carrera" literaria es tan corta...)

EN LA TORMENTA

Podría morir en la cama con ella.
            Eso es lo primero que pienso cuando la veo en el umbral de la puerta, armada con dos copas y champán, evaluando la diminuta toalla que cubre mis partes íntimas.
            Todo se borra de mi imaginación. El viaje programado a aquella isla paradisíaca, mi misión cumplida, los bultos escondidos bajo la cama… Incluso la fuerte tormenta que arrecia contra los cristales de mi habitación.
            Sus ojos me acarician como lo hicieron antes, cuando acortamos distancias en la piscina del hotel. Su perfume envía señales a mis instintos animales. El cuerpo, escultural y seductor, está embutido en un ajustadísimo vestido negro que deja muy poco a la imaginación. Sus interminables piernas —¡Joder, menudas piernas!—, acaban en unos zapatos negros, con finísimos tacones de vértigo y una punta de diminutas dimensiones.
Un pecado viviente.
Me siento inferior, pero intento disimularlo.
            —Sabía que me harías una visita —proclamo, como si fuera un himno a la masculinidad.
            Ella decide entrar. Se deja mimar por la luz de la mesilla de noche antes de desafiarme con la mirada.
            —Me la estabas pidiendo a gritos —responde, machacando mi autoestima.
Yo solo me fijo en sus pies.
—Caray, nena, menudos zapatos.
—Son stilettos.
—¿Cómo dices?
Ella levanta una pierna y me lanza uno de esos… stilettos, esperando que lo recoja. No la defraudo.
—Eres un aburrido —me acusa con voz melosa—. ¿Nos divertimos un poco?
—Claro.
 Uno siempre está dispuesto después de un arduo trabajo con final feliz. Cojo la copa que me ofrece. Sentada en el borde de la cama, cruza sus piernas a lo Sharon Stone. Así descubro que no lleva ropa interior.
Ella inspira. Me doy cuenta de que ha descubierto el inesperado alzamiento de mi toalla de baño.
No hay más palabras. Apenas nos acabamos el champán cuando ella se abalanza sobre mí y me tumba de espaldas. Estoy indefenso, siendo el capricho de una hermosa ninfómana, el esclavo de sus deseos, de su boca, de sus dientes, de su lengua.
Me succiona. Bebe de mí sin piedad, y yo me dejo hacer. Se apropia de mi sexo, llena su interior, me cabalga con maestría… Y me hace tocar el cielo con las manos.

Horas después, un golpe de viento me despierta.
Mi brazo está unido al cabecero de la cama. Por el tacto, imagino que son unas esposas. Alargo el otro para encender la luz.
Lo que descubro me deja mudo.
Ella exhibe su gloriosa desnudez sobre mí, victoriosa. El tacón de un stiletto presiona mi pecho. Aturdido, tardo en reconocer la reluciente placa que exhibe ante mis ojos. Cuando empiezo a comprender, veo los bultos escondidos bajo la cama, ahora desperdigados por la habitación.
—Atrapé al ladrón —proclama triunfal—. Soy inspectora de policía. Quería pasar un buen rato contigo antes de detenerte… Ya me entiendes.
Sí. Soy como un trofeo de caza.
No hay más sonido, ni resistencia por mi parte.
Tan solo el ruido de la tormenta que retumba en la ventana.
            

martes, 1 de octubre de 2013

LEJANOS CUENTOS DE AMOR

Hoy llueve a cántaros en mi ciudad. Sí, esto es el otoño. LLuvia, días grises y melancolía a raudales.
Es esa melancolía la que hoy guía mi cabeza, yendo por otros derroteros totalmente distintos a los que me proponía. Por eso, os dejo este pequeño relato que escribí hace muchísimos años, y que hoy rescato del baúl de los recuerdos.
Para Javier, y todos los primeros amores que nunca se olvidan del todo y que aparecen cuando una menos se lo espera.



"Érase una vez una adolescente que odiaba el mundo, porque creía firmemente que el mundo la odiaba a ella. Fluctuaba entre amistades que resultaban no serlo tanto, entre espíritus afines que la dejaban de lado.
Pero una noche de enero algo sucedió.
Él vestía calzas negras, traje atemporal que complementaba con una sonora pandereta llena de alegría. Saltaba a la vista que había bebido de más. Incluso el aliento le apestaba a vino, pero se sentó a su lado y rio con ella. Había otros muchos asientos libres; sin embargo, eligió ese, y cuando la miró, sin él saberlo, marcó su destino, porque ella nunca olvidaría sus ojos, ni su sonrisa, ni nada de él, más aún por considerarlo irreal, inaccesible y lejano.
Pasó el tiempo. Ella se sentía segura en su concha. Allí nadie podría hacerla daño, aunque él ya se había apropiado de su corazón y avanzaba sobre su insegura superficie. ¿Era guapo? Ella creía que no. ¿Simpático entonces? Apenas había compartido una noche con él. No podía saberlo con exactitud.
No conocía nada de él. Estaba segura de que no volvería a verlo, pero reservaba su recuerdo más intenso para aquella noche.
Pero en ocasiones, el destino es cruel con los más necesitados. Cuando parecía que ella seguiría inmune en su coraza sin brechas, decidió aventurarse al mundo real, recoger lo que este le ofrecía a manos llenas.
Lo conoció durante horas. Aunque estaba bien a la vista, se empeñó en desechar la superficialidad y recrearse con él, en él y por él, alimentando un sentimiento que iba a crecer hasta el punto de dominarla. Se sumergió en su encanto y le amó todavía más, sabiendo a un tiempo que sería imposible.
Cuando él se fue ella se derrumbó por un solo instante, porque a partir de entonces su alma dejó de sangrar. Sus lágrimas interiores fueron peores que las de su cuerpo, porque su espíritu se halló con él, porque abandonó su ser e intentó servirle aunque él permaneciera ajeno…
Y entonces ya nada le importó salvo él. Ni siquiera ella misma. Solo él, a quien nunca podría conseguir.
Empezó conformándose con escuchar su voz en las raras ocasiones en las que se hallaba cerca de ella; eran minutos de cielo y de infierno, de música y de dolor, de luz y de oscuridad.
Pronto esos momentos se distanciaron cruelmente en el tiempo, desvaneciéndose como la niebla que da paso al sol.
Ella supo que él ni siquiera se acordaría de su nombre, ni de que la había conocido, y entonces quiso morir. Pero fue cobarde; prefirió morir poco a poco, quedarse sin corazón y sin alma, puesto que eran de él, y sin él, de nada le servían.
Juró que nunca volverían a penetrar en sus emociones. Estas se volvieron de piedra, inquebrantables, inmunes al paso del tiempo.
Creyó que ya no le quedaban más lágrimas, pero las derramó en abundancia antes de vaciarse por completo. Aún, cuando le recuerda, sigue haciéndolo. Es entonces cuando se balancea, oscila entre el pasado y el presente, y sin atreverse a mirar al futuro, se deja envolver por los recuerdos que siempre acaban en él, porque muy a su pesar no lo ha olvidado, ni le olvidará nunca.
Él habrá cambiado. Otra disfrutará de él, de sus manos de pianista, sus labios finos dibujando en el espacio cálidas sonrisas, de sus ojos oscuros rebosando dulces palabras de amor.
Nunca volverá a verlo, pero cuando cierra los ojos, lo ve tal y como lo conoció, y entonces vuelve a sentir, a creer firmemente que vuelve a tener un corazón… Un corazón que no podrá entregar a nadie, porque pertenece a aquel que conoció una noche cualquiera en no importa qué lugar.
Se siente segura en su anonimato. Aún hoy piensa que, si él conociera una mínima parte de lo que ella le amó, todo se derrumbaría como un castillo de naipes.
Pero sabe que, si su amor por él se destruyera del todo, jamás podría vivir viva, sino que lo que haría es, como lo hace cada día, vivir MUERTA".

Y para rematar, una cita de autor desconocido pero que siempre me gustó:

"Se va la gente... No podemos hacer que vuelva. No podemos renacer sus mundos secretos, y siempre tengo ganas de gritar ante esta impotencia".

viernes, 23 de agosto de 2013

EL SUEÑO DE CARLOTA

Hola de nuevo a todos!!
Qué poco tiempo ha pasado desde mi última entrada, ¿verdad? Pero es que estoy a punto de inaugurar una nueva sección en mi blog. Se llamará RELATOS, y en ella os iré informando de aquellas antologías-concursos en los que participe, así como otra serie de relatos que mi imaginación fabrique y que no tengan mayores pretensiones que las de aparecer en mi blog, para vuestro deleite (o eso espero...)

Para comenzar con buen pie (y nunca mejor dicho) entra en escena EL SUEÑO DE CARLOTA, un proyecto que nació gracias a Miriam Moreno, una excepcional amiga virtual que me propuso hacer una versión nueva de un cuento clásico, para participar en una antología de cuentos, cuyas ganancias irán a parar directamente a una ONG que dedique sus esfuerzos a mejorar la situación de muchos niños en el mundo.
La propuesta surgió hace tiempo. Yo, como tant@s compañer@s, aceptamos, y hoy ya casi es una realidad.

Si todo va bien, en septiembre 20 VOCES PARA 20 CLÁSICOS, que así se llama la antología, verá la luz.
Aquí os dejo mi pequeño granito de arena. Espero que os guste. Ya me diréis...

EL SUEÑO DE CARLOTA
(Versión de LA CENICIENTA)
Realizada por Elena Garquin.

            —¡Carlotaaaa! ¡Necesito que me hagas la cama, ahora mismo!
Carlota subió la potencia de la aspiradora, para que el ruido no la dejara oír los berridos de sus hermanastras.
            —Pero mira que son vagas… —gruñó.
            Decidió dedicarse con más ahínco a sus tareas diarias. Tarde o temprano ellas se aburrirían de martirizarla, y para cuando su madrastra llegase, ya ni se acordarían de ella.
            Cuando dejó la aspiradora cogió el plumero. Repasó a conciencia cada rincón de la casa, incluido el retrato de su padre. Cuando llegó a ese punto, recordó su situación.
            En aquel pueblo perdido de la mano de Dios, su padre había sido un hombre rico y respetado, que se había casado por segunda vez con la que ahora era su madrastra.
            Esta tenía dos hijas, Gervasia y Hermenegilda, cuyas máximas aspiraciones en la vida se resumían en: martirizar a Carlota, martirizar a Carlota y martirizar a Carlota.
            Su padre murió, y con él se fue toda su fortuna. Su madrastra se dedicó a malgastarla en estupideces tales como pasarse el día en el salón de belleza, abarrotar su armario de trapos inútiles, o intentar que sus hijas pareciesen guapas, cuando su carácter repelente las hacía francamente horrorosas.
            Ellas no pensaban más que en chicos y juergas. Algo que no cabía en la vida ajetreada de Carlota.
            Además estaba lo otro. La afición de Gervasia y Hermenegilda por la música.
            Su madrastra se había gastado una pequeña fortuna en profesores de canto que afinaran la voz de pito de las chicas, sin ningún resultado satisfactorio. Ellas estaban convencidas de que lo hacían divinamente, pero los oídos de Carlota eran los principales perjudicados. Se veía obligada a escuchar sus graznidos a todas horas, porque gracias al despilfarro de su madrastra, habían tenido que prescindir de los servicios de una empleada del hogar, para que Carlota se hiciera cargo de todas las tareas.
            Y así era su vida; duro trabajo, con una pequeña casa que aún le debían al banco y sin posibilidades de estudiar para lo que ella sí que valía.
            Y es que Carlota cantaba como los ángeles. Lo hacía de noche, en un pequeño cuartucho secreto alejado de las tres brujas pirujas, para que nadie la oyera. Se imaginaba que, algún día, un hada madrina la tocaría con su varita mágica para lanzarla a la fama y la gloria.
            Pero solo eran sueños.
            De momento, ella trabajaba para lograrlo. Había creado una hermosa canción dedicada a su padre, y la perfeccionaba en cuanto tenía oportunidad.

            —¡Mirad lo que traigo, chicas!
            Cuando su madrastra entró por la puerta, Gervasia y Hermenegilda devoraron la invitación que llevaba de la mano. Carlota se hizo la remolona, pero aún así pudo ver de qué se trataba.
            —¡Es de la discográfica «Príncipe Azul» —exclamó Gervasia.
            —¡Están buscando nuevos talentos! —apuntó Hermenegilda.
            —Y organizarán una fiesta dentro de tres días para encontrar a la mejor voz de la comarca —afirmó la madrastra.
            Las tres comenzaron a gritar y saltar de alegría. Ninguna se dio cuenta de que Carlota también sonreía mientras se retiraba a su cuarto secreto, dispuesta a hacer horas extra de canto para conseguir lo que tanto había querido siempre.

            —Raúl, hijo, más te vale que todo salga bien, porque de lo contrario se te van a  acabar los lujos. No tendrás ni una propina más.
            —Papá, no te preocupes, ¿vale? Con la crisis seguro que habrá muchos aspirantes que aparezcan en la fiesta. Entre tanta gente, alguien cantará como esperamos.
            O eso deseaba Raúl. Un ángel que le ayudara a conseguir que la discográfica se hiciera de oro. Un hada de los sueños que apareciera para concederle todos sus deseos. Así, él no tendría que dar un palo al agua y podría seguir viviendo del cuento, saliendo por ahí de fiesta y ligando con chicas a diestro y siniestro, porque por algo era tan guapo, listo y simpático.
            Para eso era el hijo de su padre. Para eso su padre era tan rico que en vez de ojos tenía el símbolo del dólar.
            Claro que su padre ahora se había puesto pesado con eso de que en la vida había que ser alguien, que tenía que trabajar duro porque a nadie le regalaban nada…
            —Sigo pensando que la idea de la fiesta tiene sus inconvenientes, pero puesto que ha salido de ti, le daremos una oportunidad.
            Y Raúl sonrió convencido de que, esta vez, conseguiría lo que su padre esperaba de él. Aunque para ello tuviera que creer en la magia.

Carlota estaba sudando la gota gorda de tanto trabajar.
Y es que su madrastra le había dado permiso para asistir a la fiesta de «Príncipe Azul». Siempre que hubiera terminado de planchar los kilos de ropa que la esperaban, recoger todos los cacharros del lavavajillas, limpiar los cristales, quitar del baño los incómodos pelos de Gervasia y Hermenegilda…
En fin, que ya había perdido la cuenta de las tareas pendientes, cuando vio desesperada cómo sus hermanastras y su madrastra salían por la puerta todas emperifolladas sin dirigirle siquiera una triste despedida.
—¡Eh, esperad! —gritó—. ¡Os olvidáis de mí!
—De eso nada —le respondió la madrastra—. Si no has acabado, no hay fiesta, ya lo sabes.
Y se marcharon las tres dándole con la puerta en las narices.
Carlota era una chica fuerte y valiente, y muy trabajadora. Pero aún así, se puso a llorar llena de rabia.
—Nunca podré terminar, nunca podré terminar… —se repetía—. Son unas brujas…
—Cierto. Y unas malvadas, y unas vagas indecentes, y unas ladronas…
Carlota levantó la cabeza asustadísima al oír aquella voz. Cuando vio a la hermosa mujer que se presentaba ante ella, se frotó los ojos varias veces, pensando que era una visión.
Pero aquella mujer era bien real. Le sonrió y agitó la varita mágica que llevaba en la mano.
—Esto no me puede estar pasando…
—Te aseguro que sí, querida.
A Carlota casi le da un patatús.
—Esto solo pasa en los cuentos… —se dijo a sí misma.
—Oye, tú no serás una de esas chicas modernas que no creen en la magia, ¿verdad? Porque en ese caso, guardaré mis poderes para quien de verdad los aprecie.
Pero Carlota ahora sonreía de oreja a oreja, convencida del todo de que aquello no era un sueño, sino algo bien real. Ni se le hubiera ocurrido decirle que ella era una chica moderna que solo creía en lo que era de pura lógica. Ni fantasmas, ni brujas volando montadas en escobas, ni Hadas con varitas en la mano capaces de cambiar el destino de una.
—Eres mi hada Madrina, claro.
—Claro —repitió la mujer acercándose a ella para examinar sus vaqueros gastados, su camiseta roída y su melena mal recogida—.Ya veo que necesitas un buen repaso, niña, así que… ¡Manos a la obra! Cuando te oigan cantar en la fiesta, ¡se van a caer de culo!
—¿Vas a ayudarme?
—Por supuesto. Tendrás lo que deseas si sabes aprovechar el tiempo, hijita —afirmó el Hada Madrina—. Solo tendrás hasta las doce de la noche. A partir de ahí, todo desaparecerá. Volverás a tu casa, a tu familia odiosa y a tus problemas.

Cuando Carlota apareció en la fiesta, todo el mundo enmudeció. Su madrastra no la reconoció, y sus hermanastras, que en ese momento estaban interpretando una de sus horrendas canciones, se callaron para poder mirarla a gusto.
Y es que su Madrina la había dejado tan hermosa que nadie sabía quién era.
Cuando Raúl puso sus ojos sobre ella, pensó que acababa de entrar en el Cielo. Su vestido rosa le llegaba hasta las rodillas. Llevaba unas sandalias con unos tacones de vértigo, un elegante peinado y un maquillaje a la moda.
Aprovechando el desconcierto general, echó a sus hermanastras del escenario y repartió la partitura entre los músicos. Después cogió el micrófono, y a partir de ahí todo fue como la seda.
Raúl se enamoró de ella instantáneamente. De su hermosura y de su voz. Era como la de un ángel, suave, melodiosa. Estaba tan fascinado que, cuando la canción terminó, la invitó a bailar el resto de las piezas musicales que aún quedaban por interpretar.
A Carlota le pareció guapo, amable y muy simpático. Hablaron y bailaron durante horas, y para Raúl no hubo otra canción mejor que la de Carlota.
Hasta que la primera de las doce campanadas comenzó a sonar. Entonces ella se apartó de él recordando la advertencia del Hada Madrina.
—¡Tengo que marcharme! —exclamó.
—Pero, ¿por qué? ¿No te estás divirtiendo?
—¡Me lo estoy pasando divinamente, pero el tiempo se me acaba!
Echó a correr hacia su casa, sin darse cuenta de que no estaba acostumbrada a hacerlo desde la altura de aquellos tacones. Para correr con más rapidez, decidió llevar las sandalias cogidas de la mano, pero en su huída, una se le cayó sin que se diera cuenta.
Raúl, que la perseguía resuelto a no dejarla escapar, la recogió y sonrió.
—Ya sé cómo encontrarte —murmuró.

El pueblo entero estaba revolucionado. Y es que el heredero de la discográfica de la capital, andaba por allí, sandalia en mano, en busca de la musa que lo tenía embobado.
Casa por casa, pie por pie, todas las mozas casaderas se fueron probando el calzado, hasta que le tocó el turno a la casa de Carlota.
Fue el mismo Raúl quien intentó colocar la sandalia a Hermenegilda… Y cuando vio lo prepotente y maleducada que era, casi se alegró de que su pie fuera demasiado grande.
Después le tocó el turno al pie diminuto de Gervasia.
—Es mi número, ¿ves? —decía—. ¡Es mi número!
Raúl se alegró de que no lo fuera. Cuando preguntó si había alguna joven más en la casa, Carlota apareció como por arte de magia.
Desde la noche de la fiesta no había podido dejar de pensar en él. Cosa extraña, porque el tema de los chicos ni siquiera asomaba por su cabeza. Normalmente tenía otros problemas mucho más importantes en ella.
Él no la reconoció. La invitó a que se probara la sandalia y… ¡Oh, milagro! ¡Le quedaba como un guante!
¡Era ella! ¡La había encontrado por fin!

Ahora, mis queridos lectores, os preguntaréis si, como en el cuento, Carlota y Raúl se casaron. Bueno… No exactamente.
Se gustaban. Mucho. Estaban enamorados.
Pero había otras cosas mucho más importantes para solucionar.
Los dos se fueron a vivir juntos a la capital. Carlota comenzó a estudiar mucho para perfeccionar su voz, y tiempo después grabó un disco de la mano de Raúl y «Príncipe Azul». Con el dinero que ganó, acabó de pagar la hipoteca de la casa de su padre.
¿Qué pasó con la madrastra, Gervasia y Hermenegilda? Pues lo que tenía que pasar. En vista de que el gorroneo se les había acabado, la madrastra acabó trabajando para Carlota, limpiando su casa día y noche. Podía haberla echado, pero en el fondo le dio pena. Sus hijas tuvieron que buscarse otro trabajo, y todos los lujos a los que estaban acostumbradas tocaron a su fin.
¿Y Carlota y Raúl? ¿Finalmente se casaron?
Por supuesto que lo hicieron, mucho tiempo después. Pero eso, amigos míos, es otra historia.