jueves, 2 de octubre de 2014

GUÍA DE PERSONAJES TUAREG


En vista de que el pánico comienza a asolar a varios de mis lectores ante la inminente salida de TUAREG, he decidido hacer una pequeña recopilación de los personajes tuareg que aparecen en mi novela, en estricto orden alfabético, para que no haya lugar a dudas.

A todo aquel que tenga que echar mano de la guía, le diré que no se preocupe. Yo me tuve que hacer una cuando empecé a escribir la novela (las neuronas, que andan un pelín flojas), hasta que me familiaricé con ellos. Seguro que os pasará lo mismo.

Bueno, aquí los tenéis. En principio, con una descripción escueta. Más adelante, os hablaré de ellos largo y tendido, foto incluida.




GUÍA DE PERSONAJES TUAREG
(Por orden alfabético)


ABDALLAH: Morabito de la Confederación que lidera Tahir. Un hombre importante que los dirige espiritualmente, a la par que se encarga de los cuidados médicos de quien puede pagar sus servicios.
AMIR: hijo de Arslan y de una esclava. Su padre lo vendió a un occidental siendo apenas un niño.
AL-FAISAL: Hermano mayor de Tahir.
ARSLAN: Jefe de una Confederación de tribus tuareg tan poderosa como la de Tahir. Es su mayor enemigo.
GULNAR: Madre de Tahir.
HASSIM: Sobrino de Arslan y posible sucesor en el cargo que este ocupa.
NASIRAH: esclava de Tahir.
OBEID: Hijo de Abdallah y gran amigo de Tahir.
RAISSA: Esposa de Al-Faisal y cuñada de Tahir. Está a punto de dar a luz a su primer hijo.
RASHID: Pastor que se encarga de los rebaños de Gulnar y Tahir. Está perdidamente enamorado de Sulaika.
SULAIKA: Hija mayor de Abdallah, y hermana de Obeid. Siempre ha aspirado a convertirse en esposa de Tahir.
TAHIR ABDUL-AZIM: Protagonista de TUAREG. Este hombretón no necesita de más presentación. Seguro que no tardaréis en identificarle como es debido...

miércoles, 17 de septiembre de 2014

BOOKTRAILER DE TUAREG

Si quereis poquito sable Un Mas about mi nueva novela, TUAREG, here teneis el siguiente paso ...

A mi me encanta Como Me ha quedado !!




miércoles, 10 de septiembre de 2014

LAURA NUÑO, O LA INTUICIÓN HECHA ARTE


Con ese título quiero comentar un libro que me ha impactado por varias razones. Se trata de...




Y es que su autora me recuerda mucho a un camaleón. Dura, firme y adaptable al medio en el que vive.
Si ya me enganchó a sus novelas con un género que nunca fue santo de mi devoción (paranormal), con las peripecias de Julia y Robert, sencillamente, me ha cautivado.
Porque mantiene su estilo propio aunque cambie de subgénero. Porque su seña de identidad está muy presente en cada linea, diálogo divertido, escena sugerente o diversos "ostras" muy bien puestos.
Porque la historia está llena de sentimiento, logrando lo que parecía imposible: que un hombre de vuelta de todo, desconfiado, duro y despiadado, pierda el corazón y el alma por una mujer aparentemente "sosa" y confiada, pero con un duro pasado a sus espaldas que la convierten en un bastión más fuerte que él.
Porque, una vez más, nos deja sin palabras cuando lo que "parece que es", se convierte en un fondo inesperado y profundo.
Porque sus personajes son complejos y a la vez directos, llenos de encanto e indispensables en la trama (incluida cierta viejecita con recursos que me dejó sin habla y con la risa floja)
En resumen, porque Laura sigue siendo Laura. La escritora que se deja guiar por el instinto para sorprendernos con su asombrosa técnica.
Nada más que decirte, querida. Solo que me has hecho reír, llorar y emocionarme hasta el tuétano. Sufrir con Julia y aguantarme para no dar un par de bofetones bien merecidos a ese Robert que se resiste a lo que resulta ser inevitable.

En resumidas cuentas, un libro más que recomendable. En mi caso, cumple con creces mis expectativas.

Darte un diez sería poco. Ponerte una nota cualquiera, insignificante. Realmente, lo que tú me haces sentir con tus historias no tiene precio.

lunes, 8 de septiembre de 2014

COMIENZA LA CUENTA ATRÁS





El Sáhara, 1890.
Cuando Beatriz Ayala vuelve en sí, después de estar a punto de morir en el desierto, tiene una sola idea en la cabeza: regresar a su hogar en España, del que fue brutalmente arrancada para ser vendida como esclava.
Nada ni nadie va a impedírselo. Ni siquiera Tahir Abdul-Azim, el poderoso líder tuareg que la ha salvado de las garras de la muerte, tan atractivo e imponente que despierta en ella un fulgurante deseo imposible de dominar.
Pero él no parece opinar lo mismo. Tahir vive para su pueblo, y está dispuesto a cualquier sacrificio por él. Sobre todo si ese sacrificio incluye hacerse cargo de una hermosa y testaruda mujer por la que se siente irremediablemente atraído. Consciente de que pertenecen a mundos totalmente opuestos, pero dispuesto a vencer su carácter obstinado para convertirse en el amo de toda su pasión, la acepta como huésped. Iniciarán así una aventura, en un paraje asolado por las luchas internas de poder y los efectos devastadores de la colonización, donde Beatriz será capaz de sortear toda clase de peligros, excepto uno: resistirse al oscuro embrujo del hombre que la protegerá con su vida, irrumpiendo con fuerza en su corazón.

viernes, 29 de agosto de 2014

TERESA CAMESELLE, O LA JANE AUSTEN DEL SIGLO XXI

Así se me ha ocurrido titular esta entrada con la que quito el polvo de mi blog. Y es que después de tantos meses de ausencia, se me ha ocurrido que no hay mejor manera de empezar, que con un libro que me encantó por su sencillez, por su humor "gallego", en palabras de la propia autora, y por supuesto, por sus personajes. Me refiero a:



Si la portada ya es original de por sí (o al menos a mí me lo parece), esta es un simple aperitivo si lo comparamos con lo que esconden sus páginas.
Podríais pensar que es una historia de amor al uso. Chico conoce chica, se enamoran, y tras varios dimes y diretes, acaban juntos...
¡¡PUES NO!! El chico, o sea, Sergio, ya conoce a la chica, o sea, Sofía, cuando la historia comienza. De hace mucho. O poco, según cómo se mire.
Y es que con un hombre como Sergio seguro que el tiempo se pasa volando. Sin detenernos en el aspecto fisico (guapo, con tipazo de nadador, culo prieto y un tatuaje de lo más sugerente...), me conquistó desde el principio por su carácter tranquilo a la vez que firme, su sonrisa traviesa y el modo en que trata a Sofía desde el primer momento.
Bueno, me conquistó a mí y a Sofía, claro. Y eso que esta mujer no es de las que van suspirando por las esquinas, precisamente. Es una chica de hoy en día, totalmente independiente, tanto en el plano económico como emocional... O eso cree ella, claro.
De los secundarios, destaco a la madre de Sofía y a su "jardinero" particular. Me encantaron. Los dos. Así de simple.
¿La trama? Sencilla, con unos mafiosos muy particulares de por medio y un gato un poquitín petulante. Vamos, así como los que tengo yo en mi casa, jajajaja!!
Pero como el mejor de los regalos, este libro se merece un buen envoltorio... Y en este caso, el papel de regalo lo pone la pluma inigualable de Teresa.
Confieso que me pudo la curiosidad de saber cómo una escritora de histórica se manejaría con el lenguaje más actual de una novela contemporánea. Pues bien, Teresa, algún día, cuando charlemos largo y tendido, me tendrás que explicar eso del "mentecato" que pasa a ser "gilipollas" sin más (es un ejemplo), y lo hace sin perder ni un átomo de clase. La clase de tu estilo, por supuesto.
Porque amig@s, el estilo claro, sencillo y elegante de la Cameselle se transforma para adaptarse a los tiempos, pero en modo alguno desaparece.
¡¡En fin!! Una novela altamente recomendable (con nariz de Bob Esponja incluida, jajaja), fresca y actual, que te dejará con una sonrisa en la boca.
¡¡UN OLÉ POR TI, TERESA!!

martes, 18 de febrero de 2014

MI BESTIA

Últimamente ando muy, pero que muy retrasada con todo (lectura, escritura, opiniones de mis libros terminados...). Así que hoy voy a dar un pequeño empujón a mi lista de "tareas pendientes", a ver si así me voy desprendiendo de trabajo...
¡¡Y qué mejor manera de hacerlo que con mi última lectura!!
Veréis, yo soy una persona que adora la innovación, el desparpajo y la falta de complejos a la hora de escribir. Me encanta reírme con un buen libro entre las manos, pero también me encanta que ese libro me haga llorar si viene al caso, o incluso que me cabree hasta lo indecible.
Sí, ya lo sé. Much@s estaréis pensando que, francamente, es muy difícil, por no decir imposible, que todo ese cúmulo de emociones se den en una sola novela, sea del género que sea.
¡¡PUES NO!! Yo lo he encontrado, y aquí os la presento:


Hay ocasiones en la vida (raras, pero las hay, y si no que se lo digan a la autora de este libro), en las que la afinidad que puedes sentir hacia una persona cuando conoces su obra va más allá del estilo de narración, o incluso de lo que sus personajes te transmiten. Eso me pasó a mí con Laura Nuño. Si Clarita me sorprendió y me hizo respirar varias bocanadas de aire fresco, y Ronan y Alba confirmaron mis "sospechas", lo de Leo y Selene, es, sencillamente, inenarrable.
Y no creáis que voy a "destripar" ni un solo renglón de esta fantástica obra de la literatura romántica. Para nada. Pero sí os diré que he reído, me he cabreado, he alucinado en colores y, lo que es más importante, me he emocionado hasta el tuétano (hala, ya me salió la vena histórica).
Yo le pondría un subtítulo, a mi entender, muy acertado (espero que mi Laura no se enfade): Tratado de cómo pasar del "pero mira que eres borde y repelente" al "joer, machote, ahí le has dado", en casi cuatrocientas páginas".
Y es que esa es precisamente la evolución de Leo. Un indeseable con ínfulas de dios que se encuentra con una mujer guapa, elegante y... sosaina. Porque sí, porque Selene puede parecer insulsa, quizá un poco falta de carácter... Aunque solo lo parece. Y las apariencias, a menudo, engañan. Y cuando la gata saca las uñas, todo el mundo bufa. Y cuando la hembra tiene que dar el do de pecho, da la escala musical entera. Y cuando la mujer tiene que defender lo suyo, pues va y lo defiende sin miramientos.
Y cuando Selene tiene que poner a Leo en su sitio, a él solo le queda decir las últimas dos palabras: Sí, cariño.
En Mi Bestia encontraréis todo esto y mucho más. Habrá ingenio a raudales, buen hacer con todo el arte de la Nuño, giros inesperados, erotismo, escenas fuertes y contundentes que se contraponen a otras que... Bueno, de estas segundas solo os diré dos cosas:
La primera es que hacía muchísimo tiempo (es decir, años ha), que una escena no conseguía hacerme temblar de emoción y llorar por la intensa ternura que emana de ella. No quiero extenderme más acerca de esa escena. Solo os diré que, en ella, aparece La Bestia. Sí, ese ser que complementa a Leo y que, para mí, es el mejor personaje del libro, sin duda alguna...
La segunda es la increíble maestría con la que Laura desgrana la compleja personalidad de Selene, en contraposición con Leo, a través de ciertas escenas íntimas que a mí me han dejado, literalmente, con la boca abierta.
Podría estar hablando dela historia de esta novela de forma indefinida, pero al final acabaría incurriendo en los odiados spoilers y abandonaría mi idea principal, que no es otra que la de animaros a disfrutar de Mi Bestia tal y como yo lo he hecho.
Poco más que añadir. Solo decir: 
GRACIAS, LAURA.
Gracias por tu forma de escribir, por tu agudo sentido del humor, por esa espontaneidad que sabes transmitir a tus personajes, sean de la condición que sean y tengan el carácter que tengan, por tu frescura y por el optimismo que late en cada una de tus palabras escritas y dichas.
POR FAVOR, NO DEJES DE ESCRIBIR JAMÁS.

viernes, 14 de febrero de 2014

RELATO DE SAN VALENTÍN

Porque en un día como hoy, las historias de amor cobran quizá la importancia que se merecen, porque no todas esas historias tienen un final feliz, y porque los recuerdos a veces exigen este tipo de cosas, aquí va mi pequeña aportación.
En recuerdo de Gaspar Quintanilla y de toda su familia. Siempre he estado, y estaré, con vosotros.

DESPUÉS DE TI

            Aquellas imágenes quedarían grabadas para siempre en su retina, como si fueran exóticas mariposas clavadas en el corcho de un coleccionista. O ingredientes diabólicos de un veneno.
            El veneno de la muerte, dulce cuando es esperado y, al fin llega.
            María se tapó los oídos con las manos para no escuchar el ajetreo que se había apoderado de la habitación de su marido Gaspar. Los gritos de las enfermeras elevándose como una enorme Torre de Babel que nadie comprendía. Los ruidos metálicos de los aparatos que conectaban y desconectaban alrededor de la cama, tomando el cuerpo hinchado que había sobre ella como una nueva cobaya en el desconocido territorio del cáncer.
            Tuvo ganas de chillar. De ordenarles que se fueran. Todos, incluidos los médicos. Quiso decirles que ya estaba bien, que el aspecto deforme de su marido era producto de los fármacos aplicados para alargar su sufrimiento.
            Solo para eso.
            Necesitaba paz. Los dos la necesitaban. Demasiado tiempo sufriendo una agonía para la que ninguno estaba preparado. Ni ellos ni sus cinco hijos, ya mayores, que intentaban consolarla con sus palabras y sus abrazos.
            Pero ella estaba muy lejos de todos ellos. Muchos años atrás, evocando el rostro apuesto de Gaspar para sustituirlo por el abotagado que resollaba con dificultad sobre la almohada inmaculada. Los ojos claros llenos de alegre picardía que la habían conquistado, cuando brillaban por la fuerza de la vida y no por el velo de la muerte que ahora dilataba sus pupilas. El cabello negro brillante y la piel lustrosa, antes de que los tratamientos agresivos acabaran con ambas cosas. La sonrisa abierta de dientes blancos antes de que estos se volvieran amarillentos por la esclavitud del tabaco que les había llevado a la perdición.
            Oyó un grito desgarrador. Incluso escuchó un sonido estrepitoso, como de cristales al romperse. No estaba segura, pero hubiera jurado que lo primero había salido de su boca, y que lo segundo eran los pedazos de corazón que saltaban en pedazos y se incrustaban en su pecho, desgarrándolo y haciendo que sangrara…
            No pudo más. Necesitaba aire. Huyó de allí, y mientras la parte racional de su mente permanecía con Gaspar, junto al cabecero de la cama, la emocional la acompañó hasta una de las terrazas del hospital.
            Era noviembre, y hacía frío. Un aire gélido que ella recibió con fuertes bocanadas, como si la bolsa que había taponado su cabeza, estrangulándola sin compasión, le diera por fin un respiro.
            Se agarró a la barandilla y alzó la cara, en busca de respuestas. Creyendo que Dios, si estaba allá arriba, se las daría. Buscando la esperanza y las fuerzas como un sediento en pleno desierto. Ni siquiera supo cómo, pero de pronto se encontró con un pitillo en sus labios, probablemente sacado del bolsillo del abrigo que Susana, su hija mayor, le había puesto sobre los hombros.
            Lo encendió. Solo para comprobar a qué sabía aquello por lo que el amor de su vida iba a entregar su vida. Qué tenía de especial para que alguien tan voluntarioso como Gaspar, hubiera sido incapaz de abandonarlo, ni siquiera en los últimos momentos.
            El humo en sus pulmones la ahogó, e inmediatamente lo arrojó por la barandilla.
            —Has hecho muy bien. Hubiera sido muy poco inteligente por tu parte engancharte a ciertos vicios a estas alturas de tu vida.
            María apenas se sobresaltó al escuchar aquella voz cavernosa a su lado. Solo se volvió muy lentamente, para ver a quién pertenecía.
            No lo consiguió del todo. El hombre delgado la miraba, pero un elegante sombrero oscuro tapaba buena parte de sus rasgos faciales. Sin embargo, ella alcanzó a ver dos cuencas oscuras por ojos, unos pómulos tan marcados como fantasmagóricos, y una fina línea donde deberían estar los labios.
            Casi pudo adivinar el color de su piel. Macilento, grisáceo, acompañando a la perfección a su aspecto cadavérico y al tono lejano, de ultratumba, de la voz que la había hablado.
            —¿Me conoce?
            La oscura cabeza se movió afirmativamente.
            —¿Tú a mí no?
            María recorrió con los ojos el resto de su cuerpo, cubierto por un amplio abrigo negro que solo dejaba a la vista unas manos de dedos traslúcidos que asían la barandilla con la misma fuerza que los suyos.
            —Supongo que será el familiar de algún enfermo —conjeturó encogiéndose de hombros—. Lo siento. Llevo demasiado tiempo aquí como para fijarme en todas las caras.
            —Lo sé. Sé de tu sufrimiento, y de tu desdicha, y también de tu lucha incansable. Todos están orgullosos de ti. Gaspar el primero.
            Había algo en él que le resultaba familiar. Y que le hacía temblar. Tal vez era aquel tono quedo con el que se dirigía a ella, o la respiración acompasada que lo acompañaba, como si le costara trabajo realizarla. Parecía enfermo, triste, pero aún así, supo que la apoyaba en su desgracia. Su silencio se lo decía.
            —Es tu marido, ¿verdad?
            —Sí. Cáncer de pulmón.
            Cuando pronunció aquellas palabras, todas las barreras se deshicieron. Sin quitar la vista de aquel rostro oscuro e indescifrable, María comenzó a llorar su pena, su desesperanza. Su afán de lucha que durante más de dos años la había mantenido a flote, tirado por la borda ante la implacable tenacidad de la muerte.
            —Por favor, no llores. Me parte el corazón verte así.
            Como un buen amigo que la conocía de toda la vida. O como el amante comprensivo que ahora agonizaba en una habitación de hospital.
            —Él está allí. —Su dedo tembloroso señaló el lugar más temido y, a la vez, más deseado—. ¡Se está muriendo! ¡Mi único amor me dejará sola!
            —No, eso no. Gaspar nunca te abandonará. Desde donde esté, siempre velará por vosotros.
            —¡Egoísta, egoísta! ¡Pudo haberse curado si hubiera dejado el maldito tabaco, pero no quiso hacernos caso! ¡No le importaron los años de felicidad, ni mi amor, ni los recuerdos acumulados, ni nuestra vida! ¡No le importó nada!
            —Eso no es verdad. Ahora mismo, su único pensamiento eres tú.
            Pero María se negaba a aferrarse a aquella posibilidad surrealista. Demasiadas veces lo había hecho, para acabar estrellándose, y ahora había llegado al límite. Gritó. Chilló y se deshizo en pavorosos lamentos, tan fuertes que la obligaron a doblarse en dos para intentar calmar el dolor, para intentar retener los recuerdos.
            Para darle hasta su último soplo de lucha, algo que pudiera obrar el milagro y se lo devolviera dos años atrás, cuando la enfermedad aún no había causado estragos en su cuerpo y en sus vidas.
            Desahogó meses de rígida compostura delante de sus hijos y familiares, destrozó todas las sonrisas de plastón que les había ofrecido, y se dejó envolver por los brazos del desconocido como si fueran un lago inmenso de consuelo donde podría perderse para siempre.
            Donde los sueños siempre serían posibles.
            —Así, muy bien, Mari —le susurró con la voz afectada por la emoción—. Llora aquí, porque en cuanto entres de nuevo, tus hijos te necesitarán.
            ¡Cómo curaban aquellas palabras! ¡Aquel apelativo cariñoso que solo Gaspar usaba con ella! ¡Y cómo reconfortaba el tacto balsámico de aquellas manos huesudas que ahora le frotaban los brazos y la espalda! ¿Qué importaba quién fuera aquel hombre que parecía conocer tanto de ella y de Gaspar?
            María alzó los ojos. Estaban tan empañados en lágrimas que no pudo distinguir ningún otro rasgo de la cara del desconocido, pese a hallarse a un suspiro de su boca.
            Nunca sabría qué la impulsó a hacerlo. Si fue la presión del momento, el destrozo interior que había vencido su entereza, o simplemente la necesidad de sentirse querida y comprendida. Lo cierto fue que le besó. Cerró los ojos y juntó su boca con la de él. Movió sus labios complacida de que el hombre respondiera al beso, alentada por el calor que manaba de él y que no tardó en compartir, pero se sintió completamente desolada cuando la apartó del refugio de su boca y del calor desmesurado de su cuerpo.
            —Él te espera —dijo.
            Pero María sacudió la cabeza con desesperación.
            —Él ya no espera nada —replicó entre nuevos sollozos—. Se muere.
            —Por eso te espera. Debes estar con él. Tomarle de la mano para que note tu presencia. Acariciarle los dedos hinchados para que no se sienta solo. Brindarle la mejor de las despedidas.
            —Pero yo no puedo más. ¡Es demasiado!
            El desconocido acarició su mejilla, librándola de las lágrimas que la empapaban.
            —A él nunca le ha gustado verte así, ¿verdad? —Completamente atónita, María asintió—. A él le gusta que sonrías, que le llames «Curro», como todos soléis hacerlo, e incluso que le grites cuando algo no está según tu gusto. Esa es la imagen que él se llevará de ti.
            El tibio acogimiento que le había protegido el corazón desapareció de pronto, para ser sustituido por un frío glacial que le congeló las entrañas. Sus instintos se dispararon. Algo la impulsó a separarse de él horrorizada, seguramente lo mismo que momentos antes le había obligado a recibir sus palabras de consuelo.
            —¿Quién… quién eres?
            —Eso no tiene importancia ahora —respondió él, haciendo un gesto de cabeza hacia el interior—. Pero ve, mujer. Tu marido está a punto de marcharse.
            La mano que aún permanecía en su mejilla se tornó dura, inanimada. María observó la entrada como si fuera la cueva oscura de un lobo. Supo sin lugar a dudas a lo que el desconocido se refería, pero ahora ya no temblaba. Permanecía serena, casi aliviada. La pena no la destrozaría, sino que le daría el valor necesario para encararse con la muerte.
            Y todo gracias a él.
            Quiso agradecérselo antes de marcharse, pero cuando se giró en su dirección, el hombre ya no estaba.
            En su lugar, solo un inmenso vacío y una inapreciable neblina que comenzaba a confundirse con el frío de la tarde. Un ansia feroz la reconcomió por dentro. El deseo perenne de seguir unida a Gaspar mientras los lazos de la vida aún se lo permitieran.
            Corrió con desesperación, con agonía. Llegó a la habitación y abrió la puerta de golpe, pero pareció haber llegado demasiado tarde. El cuerpo deformado de Gaspar estaba, al fin, libre de cables y medicaciones inútiles. La cama estaba rodeada por sus hijos, pero ella no percibió su pena, ni sus llantos desgarradores. Solo pudo contemplar la enorme expresión de paz que endulzaba las facciones de su cara.
            Al fin descansaba.

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La mecedora sigue su traqueteo, su vaivén chirriante que siempre me lleva a otros lugares, allá donde el dolor no puede alcanzarme y puedo seguir viviendo mi vida de cuento, junto a mi príncipe azul.        
            Pero hoy me siento especialmente cansada. Muy nostálgica. No hay nada que me sirva de sosiego. Ni la espectacular visión de prados verdes que la ventana me ofrece mientras me balanceo, ni el sueño al que apelo sin que se digne a venir, ni tampoco el viejo álbum de fotos que está a punto de caer de mis rodillas.
            Lo sujeto con las manos y detengo la mecedora. Quizá si vuelvo a contemplar aquel tesoro, consiga que todo vuelva a estar en su sitio.
            Lo abro con cuidado, casi con miedo. Aquellos recuerdos ajados y amarillentos pueden ser muchas cosas a un tiempo, y nunca sé por dónde van a empezar: si por convertirse en una Caja de Pandora que desate truenos y relámpagos, o por ser la espada del caballero de brillante armadura que me libre de mis propios dragones.
            Esta vez, parece ser tan solo un ejemplo de los años que encanecen mis cabellos, arrugan mi piel y curvan mi esqueleto. A mi edad, y todavía creyendo en cuentos de hadas.
            Me digo que no puede ser de otra manera cuando comienzo a admirar el porte del caballero que me sonríe en las fotos. Los ojos claros que me acarician, la vida que atraviesa el papel y se mete entre mi piel hasta alcanzar mi alma.
            Sí, mi alma. Yo aún tengo de eso. Y todo a pesar del tiempo que nada cura, de los avatares de la vida dura e inclemente que me tocó vivir después de Gaspar. De los problemas que tuve que afrontar sola, sin su vehemencia ni su autoridad.
            Nunca viví completa, pero en aquel rincón de la casa, mi «caja especial de los recuerdos», aprendí a reencontrarme con él. Si cerraba los ojos, como en aquel momento, su presencia se hacía tan real como la mía. Podía olerlo, sentirlo e incluso oírlo. Podía viajar con él fuera de las trabas de la realidad, donde no había desdicha que pudiera alcanzarnos.
            Y volvíamos a ser jóvenes, y fuertes, y vitales. Llenos de planes que, en otra vida paralela, llevábamos a cabo por completo, sin que la muerte prematura los truncara.
            Como ahora mismo.
            Siento una pequeña ráfaga de viento fresco que mueve mis cabellos grises y me enfría la nuca. Como la caricia de un beso o el fragor de un espíritu. Incluso la temperatura de la habitación parece descender con brusquedad.
            Pero yo no tengo frío. Me siento bien, arropada, como el día de su muerte, antes de arrodillarme junto a su cama y acariciarle la mano. Antes de susurrarle al oído cuánto lo amaba. Antes de rogarle que me esperara, que deseaba irme con él.
            —Hola, Mari. Aquí estoy, como me pediste.
            Su voz calmada y envolvente me hace sonreír. Estoy segura de que es uno más de mis sueños y no quiero abrir los ojos, pero cuando me decido a hacerlo, veo al hombre del abrigo negro inclinándose frente a mí, con su sombrero elegante que, esta vez, no tapa sus rasgos.
            Y lo que veo es para mí el mayor de los regalos.
            Donde antes había cuencas oscuras, ahora hay un par de chispeantes ojos claros. Su piel ya no tiene aquel mortecino tono grisáceo, sino que ha recuperado un color más que saludable, y la boca ha vuelto a recuperar la sensualidad de los labios que yo tanto ansié.
            Ahora sonríe. Es él. Es Gaspar.
            Y empiezo a comprender. Tal vez siempre fue él. Las manos invisibles que limpiaban años de lágrimas, el cuerpo fuerte que abrigaba mis largas noches de dolor y el aliento cálido que me impulsaba a crecerme ante las adversidades.
            —Hola, mi amor —murmuro, alargando una mano hacia él.
            —Me reconociste. ¿No estás asustada?
            —Soy demasiado vieja para que me asuste la muerte —replico, agitando la mano para que él la tome entre las suyas.
            Siempre me gustaron sus dedos. Largos y elegantes, de pianista, pese a que trabajó como cocinero en un restaurante hasta que llegó el cáncer.
            —He tardado un poco en acudir a tu llamada.
            —Años —aclaro—. Pero no importa. Creo que ahora es el momento. Nuestros hijos siguen con su vida y yo ya no soy necesaria. Adelante, Curro. Llévame contigo.
            Él sonríe de nuevo y me toma de las manos para levantarme. Mis ojos conectan con su mirada, mientras dejo de sentir el suelo bajo mis pies. Me siento liviana, como si toda la materia de mi cuerpo se desintegrara en millones de partículas invisibles que se funden con él, con su esencia y su espíritu.
            Cierro los ojos dejándome llevar. Traspaso los muros de la casa siempre con él. Incluso siento el viento frío del exterior como si estuviera desnuda, pero cuando al fin logro posar mi mirada en otro punto, solo veo la imagen de una pobre vieja dormida sobre su mecedora.
            Feliz.